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domingo, 17 de mayo de 2015

Existe en mi diccionario...

Wordreference: un diccionario que ha logrado casi anteponerse a la RAE en las búsquedas de significados de términos en la red. Como escritora, solía usarlo a veces. Hasta hoy.
Y es que hoy, de cara a redactar un artículo, recurrí a este diccionario para conocer la definición exacta que daba de un término concreto: "resiliencia".
La resiliencia es una capacidad, pero no una cualquiera. Es la capacidad de sobreponerse a las adversidades logrando no solo que estas no destruyan a quien las padece, sino que, por el contrario, le fortalezcan.
Va más allá del "si te caes, te levantas..."; y es que viene a decir algo así como "si te caes, no solo tendrás la suerte de estar seguro de que ya no puedes sino subir, sino que además tendrás más trayectoria de ascenso de la que tenías antes".
En Wordreference no existe esta palabra. ¿Residencia?, ¿Resistencia?, me pregunta. No, querido diccionario, no; no busco "vivir en un lugar determinado", ni la "capacidad de resistir, de aguantar". Busco una argumentación que describa cómo es posible seguir siendo fuerte con independencia del "lugar de la vida" en el que toque vivir en cada instante; busco esa definición que aporte la actitud y firmeza precisas para levantarse con ímpetu sin necesidad de resistir o aguantar...
Muchas veces he oído la frase "'Imposible' no existe en mi diccionario". Pues bien: "resiliencia" es un término que debería existir en el de todos.
Porque da igual cómo de hostil sea el terreno. Siempre se puede brotar en él...


domingo, 26 de abril de 2015

El alma entrenada

Decidí, por aquel entonces, apuntarme a un gimnasio. Empecé a entrenar a base de una rutina de ejercicios de pesas, nada de cardio: puro trabajo de fuerza muscular. Entrenamientos duros, de esos que sacan callos en las manos y formas donde antes no las había.
Probablemente la meta, cuando se comienza un entrenamiento así, no es otra que "volverse más fuerte", sin flacidez. Todo apuntaría a que lo estoy logrando.
Digo "probablemente" y uso el condicional y no el presente simple en esta última frase porque, en el fondo, no estoy tan segura, a pesar de lo que puedan decir el espejo, la báscula o la cinta métrica, y es que hace unos días, tuve la ocasión de hablar con una persona que se siente, literalmente, “flácida”. Sin ánimo de ofender a nadie, que esta persona tiene un físico maravilloso, pero me hizo darme cuenta de cuan equivocado tenemos el concepto “fuerte”.
Hay demasiada gente “fofa”. Y, evidentemente, no hablo del físico…
Hay gente con el alma anoréxica. La anorexia distorsiona la percepción de la realidad, lleva a la persona a dejar de alimentarse y, como consecuencia, el cuerpo gasta todas sus reservas, hasta finalmente consumir el tejido muscular. La persona, así, se vuelve raquítica, enferma. Triste. Hay gente con el alma anoréxica. Con la percepción de una realidad emocional distorsionada, que han dejado de alimentarse de emociones y consumido todas las reservas de pasión e ilusión que les quedaban. Almas raquíticas. Enfermas. Tristes...
Hay gente con el alma afectada de obesidad mórbida. Se han desvarado la capacidad de digerir. Han intentado engullir más de lo que debían. Y ahora, tienen el alma descolgajada y blanda.
Hay gente con el alma vigoréxica. La quieren cada vez más fuerte, cada vez más dura. Cada vez menos fácil de herir… y de abrazar. Los vigoréxicos suelen emplear diuréticos para lo que comúnmente se denomina “secarse”, para definirse mejor. Hay gente que tiene el alma dura… y seca.
Todos tenemos el alma imperfecta. Nos obsesionamos con que el cuerpo no sea como el alma. Intentamos seducir mediante él, mediante su apariencia. Intentamos que nos admiren y nos quieran por eso que se ve… porque el alma, resta oculta.
Voy a seguir entrenado porque me gusta “ser una chica fuerte”. Pero me encantaría descubrir, algún día, dónde está el gimnasio “del interior”.
Donde logra uno volverse fuerte… De verdad.


lunes, 22 de diciembre de 2014

Lo importante, es seguir...

Tiene la mirada fría. Sus ojos son azules, pero a veces dudo si ese color se debe a la tonalidad de su iris o al hielo de su mirada. A "R", así lo llamaremos, lo conocí hace poco más de una semana. Tiene 61 años, pero es joven... Hace meses perdió ambas piernas - la consecuencia de una vida de muchísimo tabaco y bastante alcohol -  y, por si fuera poco, le han diagnosticado cáncer de pulmón.  

Conocí a "R" en la sala de espera de la planta de oncología de un hospital. Lo había visto varias veces, pero solo fue hace unos cuatro días que finalmente hablé con él. Una conversación entre dos desconocidos unidos por una realidad que solo quienes la han vivido de cerca pueden entender. "R" es todo un personaje, en el buen sentido de la palabra: aquella mañana, "R" me contó un poco acerca de su vida. También me habló sobre el hecho de pasar las navidades en una habitación de hospital, solo. Pero lo que más me llamó la atención de todo lo que "R" dijo fue una frase: hay que reírse de las desgracias, así les jodes más... Aquella mañana, le saludé esperando volver a coincidir, porque si seguíamos encontrándonos significaría que tanto él como la persona a quien yo tenía ingresada en ese hospital seguirían allí. Fueran navidades o no. Eso, daba igual. Lo importante era seguir...

Hoy volví a aquella sala. Fui a visitar a "R" - de los dos que tenían que seguir, lamentablemente, solo queda él... - y le llevé un pequeño surtido de turrones, no sé si para intentar endulzarle la navidad, la enfermedad solitaria... o la mirada fría.

"R" no esperaba mi visita. Fue grata. Y sí, algo se endulzó. Pero curiosamente, los turrones poco tuvieron que ver. "R" ha perdido prácticamente la salud, como él dice "precio de su libertad", pero no ha perdido la esperanza, las ganas de luchar, de avanzar aún no teniendo piernas. ¡Conserva toda su picardía! muestra de ello, frases como las dichas a otro familiar de otro paciente de cáncer, afirmando que "ha perdido las piernas pero ha ganado la visita de un mujerón, ¡30 años más joven!". Piropos a parte, la visita a "R" también me endulzó a mí... Y me doy cuenta de que cuando menos comprendemos es cuando más podemos aprender. Cuanto más dolor sentimos más deberíamos solidarizarnos. Porque al fin y al cabo, lo que importa es seguir... y que la mirada no se nos enfríe nunca.


Cuando me marché le prometí a "R" volver a visitarlo si él me prometía que, como mínimo, intentaría no ponerse peor... Solo me dijo "voy a estar pensando en seguir bien porque te lo he prometido". Ojalá pueda cumplir su promesa.


Gracias, "R".