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sábado, 7 de noviembre de 2015

Vamos a jugar...

Recrea esta imagen:

Un niño pequeño corre todo lo rápido que su torpeza infantil le permite, hacia otro niño, que juega solo. Al llegar, con toda su ilusión y alguno de sus juguetes, el otro niño se marcha. No por nada. Quizá porque se dirija hacia su madre para mostrarle el caracol que acaba de encontrar en el suelo. Tal vez porque haya visto algo a lo lejos que le llame la atención. A lo mejor porque se cansó de jugar en el mismo sitio. Desde luego, su partida nada tiene que ver con el niño que acaba de llegar. Simplemente se marcha, y lo deja solo; de pie, desconcertado, plantado con su juguete en la mano y mirándolo mientras se aleja.

El niño recién llegado probablemente, después de unos segundos de confusión, se de la vuelta y se marche por donde vino. De regreso a su madre. En búsqueda de otros niños con los que jugar. O dónde sea…

Ese niño no albergará sentimientos de fracaso, desprecio o desolación. No se sentirá ridículo por haber llegado cargado con más ilusión de la que su propio cuerpo podría soportar, y por reencontrarse solo. No analizará la conducta del niño que se marchó. No le dará vueltas a por qué se fue. Sencillamente, y tras reaccionar, seguirá buscando un lugar para jugar. Un juego en el que depositar su ilusión y sus ganas.

Ahora, recrea esa imagen con adultos.

El miedo al ridículo, al fracaso, al desprecio, a ser ignorados o a que nuestra ilusión se estalle contra el suelo, ese mismo por el que se arrastran los caracoles, nos cae como una losa pesada en algún momento de nuestra vida… Y pesa demasiado para quitárnosla después.

Nacemos siendo genuinos. Nacemos siendo osados.


domingo, 26 de abril de 2015

El alma entrenada

Decidí, por aquel entonces, apuntarme a un gimnasio. Empecé a entrenar a base de una rutina de ejercicios de pesas, nada de cardio: puro trabajo de fuerza muscular. Entrenamientos duros, de esos que sacan callos en las manos y formas donde antes no las había.
Probablemente la meta, cuando se comienza un entrenamiento así, no es otra que "volverse más fuerte", sin flacidez. Todo apuntaría a que lo estoy logrando.
Digo "probablemente" y uso el condicional y no el presente simple en esta última frase porque, en el fondo, no estoy tan segura, a pesar de lo que puedan decir el espejo, la báscula o la cinta métrica, y es que hace unos días, tuve la ocasión de hablar con una persona que se siente, literalmente, “flácida”. Sin ánimo de ofender a nadie, que esta persona tiene un físico maravilloso, pero me hizo darme cuenta de cuan equivocado tenemos el concepto “fuerte”.
Hay demasiada gente “fofa”. Y, evidentemente, no hablo del físico…
Hay gente con el alma anoréxica. La anorexia distorsiona la percepción de la realidad, lleva a la persona a dejar de alimentarse y, como consecuencia, el cuerpo gasta todas sus reservas, hasta finalmente consumir el tejido muscular. La persona, así, se vuelve raquítica, enferma. Triste. Hay gente con el alma anoréxica. Con la percepción de una realidad emocional distorsionada, que han dejado de alimentarse de emociones y consumido todas las reservas de pasión e ilusión que les quedaban. Almas raquíticas. Enfermas. Tristes...
Hay gente con el alma afectada de obesidad mórbida. Se han desvarado la capacidad de digerir. Han intentado engullir más de lo que debían. Y ahora, tienen el alma descolgajada y blanda.
Hay gente con el alma vigoréxica. La quieren cada vez más fuerte, cada vez más dura. Cada vez menos fácil de herir… y de abrazar. Los vigoréxicos suelen emplear diuréticos para lo que comúnmente se denomina “secarse”, para definirse mejor. Hay gente que tiene el alma dura… y seca.
Todos tenemos el alma imperfecta. Nos obsesionamos con que el cuerpo no sea como el alma. Intentamos seducir mediante él, mediante su apariencia. Intentamos que nos admiren y nos quieran por eso que se ve… porque el alma, resta oculta.
Voy a seguir entrenado porque me gusta “ser una chica fuerte”. Pero me encantaría descubrir, algún día, dónde está el gimnasio “del interior”.
Donde logra uno volverse fuerte… De verdad.


sábado, 14 de marzo de 2015

La vida es cine: depende del orden en el que montemos los planos.

Vladimirovic Kulechov fue un conocidísimo cineasta soviético; todo un pionero en lo que a lenguaje audiovisual se refiere. Kulechov experimentaba con la forma de montar sus productos visuales, con la comunicación, con la narrativa de la imagen. En definitiva, con el orden en el que montamos los planos... en nuestra mente. 

Uno de sus experimentos acabó siendo un hito en la historia del cine. Demostró que dos planos sucesivas no son interpretados de manera independiente por quien los observa, sino que el cerebro los integra.
¿Cómo? Kulechov grabó a un actor inexpresivo que debía mantener la misma expresión facial durante toda la filmación. La pauta de la emoción era esa: debía ser inexpresivo. El actor no estaba alegre, ni triste. No estaba furioso. No sentía lástima. No estaba entusiasmado, ni acongojado en absoluto. Nada. Cero emoción. Cero expresividad. 
Este fue el resultado... 


El cineasta ruso utilizó esa filmación para intercalarla con otros planos; Una joven muerta. Un plato de sopa. Una mujer recostada. 

Cuando proyectaba el montaje del plano del actor inexpresivo seguido de alguno de los otros tres planos filmados, entre quienes lo visionaban se generaba una sensación, y esta dependía del plano segundo... y no del actor. 

- ¡Siente lástima por la joven!
- Pobre, está hambriento... 
- Desea a la mujer. La observa de manera lasciva. 

El actor no sentía lástima, ni hambre, ni lujuria. El actor no expresaba emoción, pero nosotros, dependiendo del contexto, tenderíamos a crearla...


La vida, es cine. La vida juega con nosotros como jugaba Kulechov. Nos enseña planos sueltos y somos nosotros los que armamos la emoción. Nuestras experiencias previas, nuestro presente, nuestros miedos, sueños y pesadillas, son especies de "niñas muertas", de "sopas" o de "mujeres recostadas". 

Un mismo suceso, un mismo problema, un mismo éxito, lo viviremos de manera muy diferente según el plano al que decidamos remitirnos para montar nuestra película. Las cosas son simples, nosotros las hacemos complejas. 

Por eso, nosotros y solo nosotros, podemos decidir la emoción que rige cada película. Porque en este sentido, la vida, es cine... 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Lo importante, es seguir...

Tiene la mirada fría. Sus ojos son azules, pero a veces dudo si ese color se debe a la tonalidad de su iris o al hielo de su mirada. A "R", así lo llamaremos, lo conocí hace poco más de una semana. Tiene 61 años, pero es joven... Hace meses perdió ambas piernas - la consecuencia de una vida de muchísimo tabaco y bastante alcohol -  y, por si fuera poco, le han diagnosticado cáncer de pulmón.  

Conocí a "R" en la sala de espera de la planta de oncología de un hospital. Lo había visto varias veces, pero solo fue hace unos cuatro días que finalmente hablé con él. Una conversación entre dos desconocidos unidos por una realidad que solo quienes la han vivido de cerca pueden entender. "R" es todo un personaje, en el buen sentido de la palabra: aquella mañana, "R" me contó un poco acerca de su vida. También me habló sobre el hecho de pasar las navidades en una habitación de hospital, solo. Pero lo que más me llamó la atención de todo lo que "R" dijo fue una frase: hay que reírse de las desgracias, así les jodes más... Aquella mañana, le saludé esperando volver a coincidir, porque si seguíamos encontrándonos significaría que tanto él como la persona a quien yo tenía ingresada en ese hospital seguirían allí. Fueran navidades o no. Eso, daba igual. Lo importante era seguir...

Hoy volví a aquella sala. Fui a visitar a "R" - de los dos que tenían que seguir, lamentablemente, solo queda él... - y le llevé un pequeño surtido de turrones, no sé si para intentar endulzarle la navidad, la enfermedad solitaria... o la mirada fría.

"R" no esperaba mi visita. Fue grata. Y sí, algo se endulzó. Pero curiosamente, los turrones poco tuvieron que ver. "R" ha perdido prácticamente la salud, como él dice "precio de su libertad", pero no ha perdido la esperanza, las ganas de luchar, de avanzar aún no teniendo piernas. ¡Conserva toda su picardía! muestra de ello, frases como las dichas a otro familiar de otro paciente de cáncer, afirmando que "ha perdido las piernas pero ha ganado la visita de un mujerón, ¡30 años más joven!". Piropos a parte, la visita a "R" también me endulzó a mí... Y me doy cuenta de que cuando menos comprendemos es cuando más podemos aprender. Cuanto más dolor sentimos más deberíamos solidarizarnos. Porque al fin y al cabo, lo que importa es seguir... y que la mirada no se nos enfríe nunca.


Cuando me marché le prometí a "R" volver a visitarlo si él me prometía que, como mínimo, intentaría no ponerse peor... Solo me dijo "voy a estar pensando en seguir bien porque te lo he prometido". Ojalá pueda cumplir su promesa.


Gracias, "R". 

miércoles, 27 de junio de 2012

Vive como si algún día tuvieras que morir...


Lo que más me sorprende del hombre occidental es que pierde la salud para ganar dinero, y después pierde el dinero para recuperar la salud. Por pensar ansiosamente en el futuro, no disfruta el presente, por lo que no vive ni el presente ni el futuro. Vive como si no tuviese que morir nunca… y muere como si nunca hubiera vivido”.
No hace falta “leer entre líneas” para entender el mensaje, cargado de verdad ineludible, de esta frase del Dalai Lama.
Así es; vivimos en una sociedad que mira, casi exclusivamente, al futuro. Vivimos a toda prisa. Sin pensar. Sin detenernos. Sin casi vivir. Trazamos metas futuras, las alcanzamos y marcamos nuevas. Occidente atraviesa crisis económicas y políticas a consecuencia de su pasado, y acelera otras tantas en el presente, como las ambientales. Pero Occidente vive frenéticamente, pensando en un futuro que es del todo incierto. Que, como la propia definición de “futuro” implica, es meramente una conjetura. 
Nos da igual. Y seguimos mirando sólo al futuro. Como si el “futuro” fuese eterno. Pero lamentablemente, no lo es. En una ocasión, escuché una frase de Les Luthier que me gustó muchísimo y, desde entonces, intento repetírmela de vez en cuando: “No te tomes la vida demasiado en serio, porque lo único seguro es que acabará matándote...”. Pero no nos damos cuenta de ello. Y seguimos mirando al futuro. Trazando metas. Y alcanzándolas. 
Mañana, nada más despertar, prueba a hacer una cosa. Prueba a imaginar que ese día fuera el último de tu vida. No temas. Pensar en el tabú que es la muerte para la sociedad occidental no traerá consecuencias negativas. Tienes el 99% de probabilidades de que detrás de ese día vengan muchos más. Pero, igualmente, imagínalo por un momento. Y después, vive el día que te espera. 
Cuando hables con tu gente, hagas tus quehaceres cotidianos o cuando, sencillamente, no estés haciendo nada, actúa como si no hubiera un mañana. Pero hazlo de verdad. 
Bien. Una vez lo hayas hecho, haz lo mismo pasado mañana. Y pasado pasado mañana. Y así sucesivamente. Porque, lamentablemente, llegará un día en el que des en el clavo.  
Vive como si algún día tuvieras que morir porque sólo así, morirás (dentro de muchos, muchos mañanas!) habiendo vivido.