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sábado, 7 de noviembre de 2015

Vamos a jugar...

Recrea esta imagen:

Un niño pequeño corre todo lo rápido que su torpeza infantil le permite, hacia otro niño, que juega solo. Al llegar, con toda su ilusión y alguno de sus juguetes, el otro niño se marcha. No por nada. Quizá porque se dirija hacia su madre para mostrarle el caracol que acaba de encontrar en el suelo. Tal vez porque haya visto algo a lo lejos que le llame la atención. A lo mejor porque se cansó de jugar en el mismo sitio. Desde luego, su partida nada tiene que ver con el niño que acaba de llegar. Simplemente se marcha, y lo deja solo; de pie, desconcertado, plantado con su juguete en la mano y mirándolo mientras se aleja.

El niño recién llegado probablemente, después de unos segundos de confusión, se de la vuelta y se marche por donde vino. De regreso a su madre. En búsqueda de otros niños con los que jugar. O dónde sea…

Ese niño no albergará sentimientos de fracaso, desprecio o desolación. No se sentirá ridículo por haber llegado cargado con más ilusión de la que su propio cuerpo podría soportar, y por reencontrarse solo. No analizará la conducta del niño que se marchó. No le dará vueltas a por qué se fue. Sencillamente, y tras reaccionar, seguirá buscando un lugar para jugar. Un juego en el que depositar su ilusión y sus ganas.

Ahora, recrea esa imagen con adultos.

El miedo al ridículo, al fracaso, al desprecio, a ser ignorados o a que nuestra ilusión se estalle contra el suelo, ese mismo por el que se arrastran los caracoles, nos cae como una losa pesada en algún momento de nuestra vida… Y pesa demasiado para quitárnosla después.

Nacemos siendo genuinos. Nacemos siendo osados.


sábado, 14 de marzo de 2015

La vida es cine: depende del orden en el que montemos los planos.

Vladimirovic Kulechov fue un conocidísimo cineasta soviético; todo un pionero en lo que a lenguaje audiovisual se refiere. Kulechov experimentaba con la forma de montar sus productos visuales, con la comunicación, con la narrativa de la imagen. En definitiva, con el orden en el que montamos los planos... en nuestra mente. 

Uno de sus experimentos acabó siendo un hito en la historia del cine. Demostró que dos planos sucesivas no son interpretados de manera independiente por quien los observa, sino que el cerebro los integra.
¿Cómo? Kulechov grabó a un actor inexpresivo que debía mantener la misma expresión facial durante toda la filmación. La pauta de la emoción era esa: debía ser inexpresivo. El actor no estaba alegre, ni triste. No estaba furioso. No sentía lástima. No estaba entusiasmado, ni acongojado en absoluto. Nada. Cero emoción. Cero expresividad. 
Este fue el resultado... 


El cineasta ruso utilizó esa filmación para intercalarla con otros planos; Una joven muerta. Un plato de sopa. Una mujer recostada. 

Cuando proyectaba el montaje del plano del actor inexpresivo seguido de alguno de los otros tres planos filmados, entre quienes lo visionaban se generaba una sensación, y esta dependía del plano segundo... y no del actor. 

- ¡Siente lástima por la joven!
- Pobre, está hambriento... 
- Desea a la mujer. La observa de manera lasciva. 

El actor no sentía lástima, ni hambre, ni lujuria. El actor no expresaba emoción, pero nosotros, dependiendo del contexto, tenderíamos a crearla...


La vida, es cine. La vida juega con nosotros como jugaba Kulechov. Nos enseña planos sueltos y somos nosotros los que armamos la emoción. Nuestras experiencias previas, nuestro presente, nuestros miedos, sueños y pesadillas, son especies de "niñas muertas", de "sopas" o de "mujeres recostadas". 

Un mismo suceso, un mismo problema, un mismo éxito, lo viviremos de manera muy diferente según el plano al que decidamos remitirnos para montar nuestra película. Las cosas son simples, nosotros las hacemos complejas. 

Por eso, nosotros y solo nosotros, podemos decidir la emoción que rige cada película. Porque en este sentido, la vida, es cine... 

lunes, 20 de octubre de 2014

Necio...

Necio.
Descontrolado e inconsciente.
Sentimiento que en ardor todo lo quemas;
fuego en llamas que más que quemar, envenenas.

Necio.
Excedido, intrépido, osado.
Llegas a mi piel sin ser llamado,
y te marchas... mas ya vives en mis venas.

Necio.
Droga del poeta enamorado,
emoción del sentir enajenado,
sensación que eclipsa todo cuando llega.

Necia es la razón, y nos abandona,
pues juramos no volver jamás a ti.
Y caemos nuevamente entre tus redes,
sentimiento que das vida al revivir.