Si lo pensamos, vivir es, al fin y al cabo, como montar en bici. Te subes, buscas un cierto equilibrio que te estabilice y avanzas. Las reglas básicas de funcionamiento, son las mismas: circulas por el carril preestablecido para los de "tu especie", intentas que te sirva para llegar de la manera más rápida posible a tu destino, frenas cuando la cosa se complica, tratas de esquivar los obstáculos para evitar colisionar y mantienes la distancia justa si circulas con otras bicis para no chocar contra ellas.
Es algo que todo el mundo sabe hacer. En el fondo, todo el mundo debe ser capaz de subirse y pedalear. De seguir estas básicas y simples reglas.
No hay mucho que pensar. Es un proceso casi mecánico.
Yo... no sé montar en bici.
No sé encontrar ese "cierto equilibrio" que te mantiene estabilizado. Que evita que te caigas. Que evita que tengas que volver a levantarte...
No soy capaz de circular por un "carril preestablecido" de alrededor de un metro de ancho. No sé circular sin salirme, sin pisar la línea.
No me interesa usar el medio más rápido y menos cansado para llegar. Quiero llegar, con independencia del tiempo, con reafirmación al esfuerzo.
No consigo frenar cuando la cosa se complica; detenerme en seco como si me desconectaran, o como si conectaran un freno a pedal.
No logro esquivar los obstáculos sin colisionar. Yo me golpeo. Voy contra ellos. Y es que al fin y al cabo, aunque te lastimes en el golpe, el camino siempre sigue.
Lo sé: no hay mucho que pensar... es un proceso casi mecánico.
Pero aún así, o quizá justamente por eso, yo... no sé montar en bici.
martes, 16 de septiembre de 2014
lunes, 8 de septiembre de 2014
Sé un pit bull...
Vaya por delante que adoro a los perros; a todas las razas - y también a los que carecen de una definida - y que soy de esas personas que opinan que el perro crece según se cría, según se educa, y que el carácter violento, más que en el perro, habría que contemplarlo en el propio dueño... Por descontado estoy absolutamente en contra de toda forma de maltrato animal y, por ende, estoy en contra de las peleas de perros. Y de sus dueños...
La cuestión, desprecio hacia ciertas prácticas aparte, es que recientemente escuché que existe un rasgo en una de esas razas "potencialmente peligrosas" que si bien resulta atroz, me voy a permitir utilizarlo como metáfora literaria para esta entrada. Como recurso reflexivo a pesar de su tristeza y su barbarie.
No sé si es del todo cierto, pero dicen que la raza pit bull tiene la particularidad de, al atacar, "no soltar" mientras note latido... Las consecuencias, obviamente, son letales para el atacado.
Cuando estos perros, educados y criados para estas detestables peleas, se encuentran inmersos en una lucha contra otro individuo de su misma especie, quizá también de su misma raza, tienen un único objetivo: ganar. Y mientras haya pulso, no sueltan. Recibirán contraataques, se verán lastimados, encontrarán resistencia y tendrán que soportar. Pero no soltarán. No hasta lograr su retorcida meta...
Es horrible en su contexto. Resultaría maravilloso, desde una perspectiva metafórica, aplicado al supuesto civismo de los que no somos perros...
Y es que, afortunadamente, nuestras metas no suelen ser las mismas que la de estos animales. Y sin embargo, soltamos...
En la vida, sé un pit bull.
Lucha. Enfréntate. Logra aquello para lo que tú mismo te has criado. Aunque te ataquen. Aunque salgas herido. Aunque quepa la posibilidad de que pierdas.
Mientras haya latido, mientras quede esperanza, no sueltes...
(Mi más sincero apoyo y respeto a los que persiguen las luchas de perros; a los que luchan por dar una vida digna a estos animales y a los que tienen este tipo de mascotas como lo que deberían ser siempre... Y mi más sincero rechazo a los que participan de este tipo de rusticidad inhumana.)
La cuestión, desprecio hacia ciertas prácticas aparte, es que recientemente escuché que existe un rasgo en una de esas razas "potencialmente peligrosas" que si bien resulta atroz, me voy a permitir utilizarlo como metáfora literaria para esta entrada. Como recurso reflexivo a pesar de su tristeza y su barbarie.
No sé si es del todo cierto, pero dicen que la raza pit bull tiene la particularidad de, al atacar, "no soltar" mientras note latido... Las consecuencias, obviamente, son letales para el atacado.
Cuando estos perros, educados y criados para estas detestables peleas, se encuentran inmersos en una lucha contra otro individuo de su misma especie, quizá también de su misma raza, tienen un único objetivo: ganar. Y mientras haya pulso, no sueltan. Recibirán contraataques, se verán lastimados, encontrarán resistencia y tendrán que soportar. Pero no soltarán. No hasta lograr su retorcida meta...
Es horrible en su contexto. Resultaría maravilloso, desde una perspectiva metafórica, aplicado al supuesto civismo de los que no somos perros...
Y es que, afortunadamente, nuestras metas no suelen ser las mismas que la de estos animales. Y sin embargo, soltamos...
En la vida, sé un pit bull.
Lucha. Enfréntate. Logra aquello para lo que tú mismo te has criado. Aunque te ataquen. Aunque salgas herido. Aunque quepa la posibilidad de que pierdas.
Mientras haya latido, mientras quede esperanza, no sueltes...
(Mi más sincero apoyo y respeto a los que persiguen las luchas de perros; a los que luchan por dar una vida digna a estos animales y a los que tienen este tipo de mascotas como lo que deberían ser siempre... Y mi más sincero rechazo a los que participan de este tipo de rusticidad inhumana.)
viernes, 5 de septiembre de 2014
Miles de personas.... ¿son tantas?
A lo largo de una vida se calcula que podemos llegar a
conocer entre 2 mil y 5 mil personas.
Tiene lógica:
Compañeros de colegio, de instituto, de universidad. La
gente que conociste estando de viaje. Aquellos que fueron parte de salidas y
diversiones varias. Gente en pubs y bares. Amigos. Amigos de amigos. Familiares
de amigos. Parejas de amigos. Tus propias parejas. Los compañeros de aquel
trabajo. Y de aquel otro. Y de ese otro también. Las personas que conociste
durante aquel curso. Los que practicaban aquel deporte contigo. Todos los que
entrenaban en aquel gimnasio, que bailaban en tus clases de baile o que
compartían aficiones en aquel centro o club. Tus profesores. Tus jefes. Tus caseros.
Tus inquilinos. Tus compañeros de piso. Aquel imbécil que no soportabas. Aquel otro imbécil
sin el que no querías estar…
Varios miles. Son muchos. Seguramente, cuanta más alta sea
la cifra, más afortunado serás. Más te habrás enriquecido. Más habrás aprendido
de gente distinta a ti. Más éxito social habrás logrado.
Resulta obvio que si se supera una cierta edad (digamos ¿unos
4 años?) no podamos acordarnos de todos. Ni siquiera de muchos.
Varios miles… ¿son tantos?
La cuestión no es cuántas personas vas a conocer sino de
cuántas vas a lograr acordarte cuando estés de vuelta de todo. Cuántos y qué nombres
y apellidos seguirán en tu recuerdo cuando ya nadie nuevo vaya a tener la
oportunidad de conocerte…
Y sobre todo, la cuestión es cuántas de esas personas se
seguirían acordando de ti. También cuando ya no estés…
lunes, 1 de septiembre de 2014
Necesitamos los "me gusta"
Hoy he "cerrado"
mi Facebook personal. Lo pongo entre comillas porque la red social se lo tiene
montado de modo que te obliga a tener un perfil para poder tener una página.
Siendo
escritora (o luchando por serlo...) Facebook resulta un excelente aliado
profesional. Es una herramienta muy útil de difusión de proyectos creativos. Es
un pseudo-blog que "llega fácil". Es una maravillosa agenda de
contactos. Es un modo de estar presente, en el candelero; siempre ahí.
¿En serio?
Yo escribo
porque adoro escribir. Me gusta compartir todo aquello que me viene a la mente de un modo más o menos literario (como
de hecho estoy haciendo ahora mismo); los escritores intentamos ponerle poesía a
lo que pensamos, narración a lo que vivimos y misterio a lo que inventamos. Sentimos
a través de las palabras. Nos emocionamos por medio de las letras.
Yo empecé a
usar mi Facebook personal, mi perfil, como un blog. Y, sinceramente, después de
haberlo usado durante años, creo que la razón que nos lleva a usar ciertas
redes sociales no es otra que el mero hecho de que necesitamos los "me
gusta".
No se debe a
que sea un modo de estar "en contacto". No es una agenda profesional.
No es una vía de expresión artística. No.
Creo sinceramente que
todo se limita a "los me gusta"...
En Facebook todo es
bueno. Es la red social donde todos somos guapos y todos nos queremos. Una red
de "me gustas" que no cuestan nada y una red de "amigos"
que, en muchas ocasiones, no hemos visto más de una vez, o que no volveremos a
ver jamás.
Pero cuando la usamos
para compartir nuestras pasiones la pregunta, al cabo de unos minutos, de un
día, o de varios, es siempre la misma: ¿cuántos me gusta tiene la publicación?
Corremos el riesgo de dejar de hacer
aquello que nos gusta simplemente, por y para nosotros, y de empezar a hacerlo
para que le guste a los demás...
No digo con
todo esto que Facebook no sea una herramienta útil. Solo digo que Facebook ni
te da amigos... ni te suma apoyos.
Por eso, hoy he
"cerrado" mi Facebook personal... y he vuelto a abrir este blog. Y, la verdad, "me gusta"...
domingo, 29 de septiembre de 2013
Que viene el león…
Hay muchas cosas que distinguen al ser humano del resto de
los animales, pero hay una en concreto que lo diferencia de una manera en
absoluto favorable para nuestra especie: el miedo injustificado.
Hace poco escuché una comparación que hacía Eduard Punset
entre los seres humanos y las gacelas; explicaba cómo, al aparecer los leones,
las gacelas empezaban a correr, a huir, pero solo hasta que una de ellas era
capturada. Después de que eso sucediera, las demás ya no tenían razones para
escapar, ya que “su miedo” ya tenía presa y no iba a seguir persiguiéndolas.
El ser humano, a buen recaudo, seguiría corriendo… ¿y si
prefieren probar otra? ¿y si quieren más?...
“Y si”, “y si”…
El miedo es necesario. Nos permite sobrevivir; nos vuelve prudentes y nos ayuda a prevenir peligros
para nuestra integridad.
El hecho de que el miedo nos visite no es malo, el problema
llega cuando dejamos que se acomode en nuestro sofá… Y sabemos que se está “acomodando”
cuando empezamos a temer cosas que no son reales; miedos que solo existen en
nuestros “y si…”
La clave es el tiempo: temer lo que nos está pasando es
normal. Temer lo que quizá, tal vez, algún día nos pase, definitivamente… no.
Cuando un “león” nos pise los talones, tenemos que correr,
pero no podemos dejar de estar en la sabana por si hay leones, ni tampoco
correr hasta provocarnos un colapso cardiorespiratorio cuando “nuestro supuesto
león”, realmente, no nos está persiguiendo.
Pongo un ejemplo en primera persona: me pasé años en un
trabajo que no soportaba por miedo a los “y si…”: y si no encuentro otro
trabajo, y si no puedo afrontar gastos, y si me arrepiento… Por suerte, el león me atrapó y no tuve que
seguir pensando en posibles problemas de futuro… No solo encontré otro trabajo,
desde mi perspectiva, mucho mejor, sino que logré tiempo para descubrir qué
quería hacer con mi vida profesional… y empezar a hacerlo.
Ninguno de mis “y si…” se cumplió. Ninguno de mis miedos se
reflejaron en la vida real… y yo pasé años temiendo unas desgracias y un
sufrimiento que jamás llegaron.
En lo profesional, en lo personal, en lo emocional… en todo.
No busques miedos, no te pongas excusas. No tengas miedo. VIVE.
Hoy.
Mañana, llegarán nuevos “leones”… pero, casi seguro, ninguno
de ellos será el león de tus “y si…”.
viernes, 19 de julio de 2013
La semilla de la esperanza… en un banco
Hoy me ha pasado algo muy particular: he tenido que ir al banco (a mi entidad habitual) para abonar los impuestos trimestrales de una asociación de la que soy parte desde hace ya un tiempo… Ya se sabe, Hacienda, somos todos…
Un banco, impuestos, Hacienda: ¿y con qué me encuento al ser atendida? Con un agricultor de unas semillas muy especiales.
Alejandro, que así se llama el trabajador de banca (el agricultor de semillas) que me atendió amablemente, nada más percatarse del nombre de la asociación, claramente alusivo al concepto medioambiental, me preguntó si yo era medioambientalista… pero que si lo era conmigo misma.
Mi respuesta, más movida por la prisa que por la reflexión, fue una afirmación no muy explicada, y su siguiente pregunta, una señal de que la conversación bien podía merecer esa calma que no suele protagonizar este tipo de servicios:
- ¿Qué haces para reciclarte?
Dio de lleno. La siguiente respuesta la pensé un poco más:
- Reinventarme siempre, con ilusión…
Hace unos meses “dejé” los servicios de auditoría y consultoría por quehaceres más creativos, artísticos y, por qué no decirlo así, hasta bohemios. Alejandro, un trabajador de banca en puertas a su próximo cambio de rumbo, un joven que ha decidido apostar por el apoyo a las personas, por el coach y por un futuro profesional del todo reinventado, del todo reciclado, sacó de una cestita de mimbre que lucía un cartel con la frase “semillero de sonrisas” una tarjeta y, tras escribir en ella mi nombre, me la entregó.
“No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños”…
Debajo de esa frase, el modo de “sembrar sonrisas” en el alma. Poético, motivador, pero sobre todo inauditamente sorprendente.
Metí la tarjeta en mi cartera. Era la primera vez que salía del banco sin que en mi cartera entrara o saliera dinero, sino un papelito con un mensaje de esperanza, de fuerza… y de ecología interior.
Nunca sabemos dónde vamos a encontrarnos una de esas señales que te indican que sigas adelante. Que la vida es muy corta para no permitirse soñar hoy y ahora.
Yo hoy encontré una de esas señales en uno de los bancos más odiados de este país, pagando los impuestos de un estado corrupto y en una época de crisis inalterable.
Vale la pena sembrar. Porque en medio de las espinas, siempre hay rosas…
martes, 14 de mayo de 2013
Cuéntamelo todo…
Últimamente, entre firmas de libros y redes sociales, he tenido el placer de poder intercambiar palabras e impresiones con algunos lectores de mi novela “Por una cabeza”. Recibir comentarios es siempre muy gratificante pero, además, recientemente me han preguntado mucho por “cómo es eso de escribir”… Y por a esa pregunta, nace esta entrada.
En mi caso, yo nunca me planteé escribir como un oficio o una labor. Nunca he escrito con el propósito de ser “escritora”. Y solo sé que, en algún momento, no recuerdo cuál con precisión, sentí que era eso lo que quería hacer: quería escribir. O mejor dicho, quería contarlo… todo.
Escribir, a mi entender, no consiste solo en narrar historias. Hay que “contar” mucho más en esas historias de lo que las propias historias cuentan. Hay que procurar que las historias encierren sensaciones y vivencias que traspasen el papel que las soporta. Hay que poner el alma y el corazón en lo que se narra, con independencia del formato en el que se escriba.
¿Qué si es difícil escribir? Yo creo que no. Cada escritor tiene su estilo y todos sin excepción son válidos. Unos gustan más, otros no tanto… pero lo importante (y lo difícil) es que las palabras tengan algo más que letras. Que tengan emoción.
Todos podemos “inventar” una historia. El ser humano está dotado de una imaginación extraordinaria y con ella muchos llegan a desarrollar una creatividad inexorable… pero entonces ¿dónde está la clave de contar historias y no limitarse a escribirlas?
En primer lugar, creo no equivocarme al afirmar que NUNCA se debe escribir acerca de lo que no se conoce. De algo que no se ha vivido, de un modo u otro. Ya sea un lugar, un sentimiento, una situación… es muy complicado poner el alma en contar algo que no hemos experimentado, sencillamente porque nuestra alma podría pasar de largo sobre ese “algo” que le es ajeno. No digo con ello que se escriba solo a modo autobiográfico, de hecho yo aún no he escrito nada que me haya pasado en términos de argumento, pero ¿cómo describir al punto tal de contagiar, por ejemplo, la ira si nunca nos hemos enfadado? Si quieres transmitir un enfadado en tu historia, recuerda alguna vez que te hayas llenado de esa sensación. Y entonces, corre a escribir. No cuentes solo la trama de tu historia. Cuenta el sentimiento; la emoción.
Con mucho esfuerzo y más devoción, se encuentra la constancia necesaria para escribir una historia de ficción… pero para que sea creíble, trate de lo que trate, debes sentirla tú primero.
Esa es la dificultad a la hora de escribir. El resto, llega solo… antes o después.
Si quieres escribir, no te dejes nada en el tintero. Pon pasión en cada letra… y cuéntalo todo.
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