Hoy hice una llamada. Llamé para pedir información acerca de unos horarios. Mi interlocutor, un hombre, a juzgar por su voz, de mediana edad, tras escuchar mi consulta se mantuvo reticente. Mi pregunta no era incoherente: necesitaba saber a qué hora podía acceder a un centro y bajo qué normas, pero por la forma de contestar de aquel hombre bien podía parecer que estaba preguntando un auténtico disparate...
Él, aparentemente malhumorado, me repitió a qué lugar estaba llamando y en qué consistía la actividad del mismo, a lo cual yo, tras pensar un instante mi respuesta y para nada en el porqué de su malhumor, simplemente asentí con un "sí". Podría haber añadido a aquel sí un justificado "ya sé a dónde estoy llamando", "pero lo que yo necesito es saber los horarios y sus normas", "gracias (con ironía...), pero si me informa sobre lo que le he preguntado, mejor", o un largo etcétera de frases altivas, hurañas y defensivas que no me habrían acercado a la información que necesitaba pero sí a demostrar que yo también luchaba por ser arrogante.
Pronuncié aquel "sí" sonriendo... intenté que ese sí sonara todo lo dulce y amable que mi registro vocal permite. Y no dije nada más.
Tras un silencio momentáneo, mi interlocutor volvió a hablar. Su tono pasaba de irritado a confuso. Me preguntó si iba a ser la primera vez que accediera al centro. Con el mismo tono amable y la misma sonrisa, respondí otro "sí", pero añadí algo más: "y no sé qué tengo que hacer...".
Se produjo otro silencio. No pretendía recurrir a una demostración de sumisión verbal, ni a una humildad telefónica desmedida. Simplemente, me mantuve en la línea de necesitar una información y no tener motivos para enfurecerme desde el minuto 0... De no caer en provocaciones, o de no dejarme llevar por contestaciones faltas de simpatía y de cordialidad.
Tras el silencio, me explicó el procedimiento a seguir y los ansiados horarios.
"Gracias, muy amable". Sin ironía. Con sonrisa. Con la serenidad propia de quien ha logrado cordialmente lo que buscaba. Eso respondí. Y tras un tercer y ya más breve silencio un "gracias a usted. Que tenga una buena tarde...", que sonaba mucho más cordial y menos altivo, respondió él.
Aprendamos a usar el lenguaje; aprendamos a cambiar el tono sin variar el volumen...
Aprendamos a ganar sin hacer sentir a nadie que por ello, pierde.
lunes, 5 de enero de 2015
Las sonrisas, se oyen.
Etiquetas:
amabilidad,
conversación,
cordialidad,
ganar,
perder,
sonreír,
sonrisa
lunes, 22 de diciembre de 2014
Lo importante, es seguir...
Tiene la mirada fría. Sus ojos son azules, pero a veces dudo
si ese color se debe a la tonalidad de su iris o al hielo de su mirada. A "R",
así lo llamaremos, lo conocí hace poco más de una semana. Tiene 61 años, pero
es joven... Hace meses perdió ambas piernas - la consecuencia de una vida de muchísimo
tabaco y bastante alcohol - y, por si
fuera poco, le han diagnosticado cáncer de pulmón.
Conocí a "R" en la sala de espera de la planta de
oncología de un hospital. Lo había visto varias veces, pero solo fue hace unos
cuatro días que finalmente hablé con él. Una conversación entre dos
desconocidos unidos por una realidad que solo quienes la han vivido de cerca
pueden entender. "R" es todo un personaje, en el buen sentido de la
palabra: aquella mañana, "R" me contó un poco acerca de su vida.
También me habló sobre el hecho de pasar las navidades en una habitación de
hospital, solo. Pero lo que más me llamó la atención de todo lo que
"R" dijo fue una frase: hay que reírse de las desgracias, así les
jodes más... Aquella mañana, le saludé esperando volver a coincidir, porque si
seguíamos encontrándonos significaría que tanto él como la persona a quien yo
tenía ingresada en ese hospital seguirían allí. Fueran navidades o no. Eso,
daba igual. Lo importante era seguir...
Hoy volví a aquella sala. Fui a visitar a "R" - de
los dos que tenían que seguir, lamentablemente, solo queda él... - y le llevé
un pequeño surtido de turrones, no sé si para intentar endulzarle la navidad,
la enfermedad solitaria... o la mirada fría.
"R" no esperaba mi visita. Fue grata. Y sí, algo se
endulzó. Pero curiosamente, los turrones poco tuvieron que ver. "R"
ha perdido prácticamente la salud, como él dice "precio de su
libertad", pero no ha perdido la esperanza, las ganas de luchar, de avanzar aún no
teniendo piernas. ¡Conserva toda su picardía! muestra de ello, frases como las
dichas a otro familiar de otro paciente de cáncer, afirmando que "ha
perdido las piernas pero ha ganado la visita de un mujerón, ¡30 años más joven!".
Piropos a parte, la visita a "R" también me endulzó a mí... Y me doy
cuenta de que cuando menos comprendemos es cuando más podemos aprender. Cuanto
más dolor sentimos más deberíamos solidarizarnos. Porque al fin y al cabo, lo
que importa es seguir... y que la mirada no se nos enfríe nunca.
Cuando me marché le prometí a "R" volver a
visitarlo si él me prometía que, como mínimo, intentaría no ponerse peor...
Solo me dijo "voy a estar pensando en seguir bien porque te lo he
prometido". Ojalá pueda cumplir su promesa.
Gracias, "R".
martes, 4 de noviembre de 2014
La jaula de Pipo
Fue hace unos siete u ocho años. Yo salía del que era mi trabajo por aquel entonces. Recorría el camino hacia el aparcamiento junto a mi compañera de oficina cuando, de repente, sonó mi teléfono. Mi madre, alarmada, tan solo me preguntó si tardaría mucho en llegar a casa - aún vivía en la casa de mis padres - : "hay un bicho..." - añadió.
¿Un bicho? Definamos "bicho", por favor... (no me gustan mucho ciertos insectos...) Mi madre solo aclaró que se escondía debajo del armario y que solo le veía las patitas. Esperaba que yo llegara a casa y apresara al intruso.
No se trataba de un insecto. Era Pipo. Bueno, en aquel momento solo era un agaporni azul con la cabeza completamente falta de plumas. Después de aquel día, se convirtió en Pipo.
Pipo entró volando a la casa de mis padres. Volaba mal, no sabía. Era evidente que se trataba de un pájaro criado en cautiverio. Era arisco, huidizo, temeroso. Llegó con la cabeza desplumada, seguramente por algún golpe o como secuela tras el ataque de váyase a saber qué... Hambriento. Agotado. No estaba, en absoluto, en buena forma.
Odio los pájaros enjaulados. Pero aquel agaporni era incapaz de sobrevivir en libertad. Tuvimos que buscarle una jaula y, con el tiempo justo, correr hasta la tienda de animales más cercana a comprarle pienso, antes de que cerrara.
Ya encarcelado, busqué en internet acerca de los hábitos de la especie. Todas las páginas hablaban del alto grado de sociabilidad de ese tipo de pájaros. Pero Pipo no lo era. No quería contacto. Nos miraba con curiosidad, pero receloso.
Al cabo de unas semanas, Pipo ya había aprendido a abrir una de las puertas de la jaula. Intentó volar, pero no llegó muy lejos. Su vuelo no fue mucho más que un descenso del segundo piso de la casa de mis padres a la calle. Intentaba levantar el vuelo y ser libre, pero se golpeaba contra los coches aparcados, contra las fachadas. No podía hacerlo...
Mi padre y yo bajamos a buscarlo. Pipo... volvía a su jaula. Lastimado.
Intentamos reforzar la "medida de seguridad" de nuestro pequeño presidiario. Un alambre fortificaba el cierre. Pipo, no tardó en aprender a quitarlo.
La segunda vez llegó a la casa de una vecina. Fuimos a buscarlo. Pipo... volvía a su jaula, una vez más.
Era consciente de que no sobreviviría en libertad. Era consciente de su inconsciencia.
No era capaz de volar, no sabía procurarse alimentos y era una presa extremadamente fácil para gatos, lechuzas y demás aves de rapiña urbanas. Moriría si lograba escapar.
La tercera vez que consiguió abrir la jaula... no lo encontramos. No llegó a ninguna casa conocida. No lo vimos por las inmediaciones del edificio. Pipo, se había escapado...
Mucho me temo que no pudo volar todo lo lejos que él creía que volaría. Mucho me temo que no pudo ser libre...
Pero Pipo aprendía a abrir todas las jaulas. Insistía en escaparse. Insistía en intentarlo. Y aunque el final no fuera el que para los demás se suponía feliz, fue el que él persiguió hasta dejarse las plumas...
jueves, 30 de octubre de 2014
Hoy por hoy, gracias... mamá.
En nada llegan las fiestas. Las Navidades. Y pienso que, si pudiera, las borraría del calendario. Hoy por hoy, las detesto. Hoy, que son fáciles, no las valoro.
No hace mucho, en cambio, me encantaban. Y no solo porque fuera una niña y me dejara invadir por esa ilusión que se apodera de los niños en Navidad, sino porque eran complicadas.
Claro está, por aquellos años, no entendía que no eran fáciles, y mucho menos comprendía el motivo que las rendía complicadas. Yo, simplemente, sentía una cierta magia... No podía, desde mi inocencia, conocer cuál era el núcleo de esa magia.
Hoy si puedo...
Hoy por hoy, cuando llega diciembre, aunque sin cometer excesos, claro está, un trozo de plástico con una banda magnética se encarga de hacer que las navidades "sean". Vas al super, a un par de tiendas, compras cuatro turrones y un par de regalos y la navidad está servida. Así de rápida. Así de fría.
Hace unos años, a estas alturas del año mi madre ya había ahorrado mucho. Cada mes, ahorraba un poco. Así, cuando llegaba diciembre, la Navidad podía servirse. Los regalos no eran muchos y las cenas no se caracterizaban por sus derroches. No había trozos de plástico que pagaran sin dar valor. No eran tiempos fáciles. Y eran los más ricos...
Hoy por hoy, no solo no me avergüenza reconocer unos orígenes humildes, sino que me enorgullecen como pocas cosas puedan hacerlo.
Mi madre, mi familia entera, se encargaba durante meses de llenar el alma de ilusión, con independencia de que la cartera no lo estuviera. Esa ilusión, cargada de esfuerzo, de sumas a fin de mes y de horas de trabajo, lejos de ahuyentarse por los "malos tiempos" se agarraba al alma de mi madre y de ahí, se transmitía al resto. Y no solo en Navidad, sino siempre.
Que las cosas no fueran fáciles no significaba que no pudieran ser incluso mejores. Se podía luchar, es más, ¡había que hacerlo! Había que ahorrar en desgaste para ganar en ilusión...
La lucha, la ilusión, el esfuerzo, la magia... Hoy por hoy, sé de dónde provenía esa magia, gestada meses antes, cuando yo aún no pensaba siquiera en que a fin de año llegaba la Navidad.
La ilusión se transmite. No se puede empaquetar, pero se regala y es un regalo que siempre llega a quien se entrega.
Hoy por hoy, si creo en los principios que creo, si soy quién soy, es por momentos como todas aquellas Navidades... Y hoy por hoy, que es cuando más estás luchando, que es cuando más nos estás enseñando que lo importante es seguir, a pesar de que no sea fácil, es cuando más te lo agradezco.
Porque se puede luchar... y hay que hacerlo.
No hace mucho, en cambio, me encantaban. Y no solo porque fuera una niña y me dejara invadir por esa ilusión que se apodera de los niños en Navidad, sino porque eran complicadas.
Claro está, por aquellos años, no entendía que no eran fáciles, y mucho menos comprendía el motivo que las rendía complicadas. Yo, simplemente, sentía una cierta magia... No podía, desde mi inocencia, conocer cuál era el núcleo de esa magia.
Hoy si puedo...
Hoy por hoy, cuando llega diciembre, aunque sin cometer excesos, claro está, un trozo de plástico con una banda magnética se encarga de hacer que las navidades "sean". Vas al super, a un par de tiendas, compras cuatro turrones y un par de regalos y la navidad está servida. Así de rápida. Así de fría.
Hace unos años, a estas alturas del año mi madre ya había ahorrado mucho. Cada mes, ahorraba un poco. Así, cuando llegaba diciembre, la Navidad podía servirse. Los regalos no eran muchos y las cenas no se caracterizaban por sus derroches. No había trozos de plástico que pagaran sin dar valor. No eran tiempos fáciles. Y eran los más ricos...
Hoy por hoy, no solo no me avergüenza reconocer unos orígenes humildes, sino que me enorgullecen como pocas cosas puedan hacerlo.
Mi madre, mi familia entera, se encargaba durante meses de llenar el alma de ilusión, con independencia de que la cartera no lo estuviera. Esa ilusión, cargada de esfuerzo, de sumas a fin de mes y de horas de trabajo, lejos de ahuyentarse por los "malos tiempos" se agarraba al alma de mi madre y de ahí, se transmitía al resto. Y no solo en Navidad, sino siempre.
Que las cosas no fueran fáciles no significaba que no pudieran ser incluso mejores. Se podía luchar, es más, ¡había que hacerlo! Había que ahorrar en desgaste para ganar en ilusión...
La lucha, la ilusión, el esfuerzo, la magia... Hoy por hoy, sé de dónde provenía esa magia, gestada meses antes, cuando yo aún no pensaba siquiera en que a fin de año llegaba la Navidad.
La ilusión se transmite. No se puede empaquetar, pero se regala y es un regalo que siempre llega a quien se entrega.
Hoy por hoy, si creo en los principios que creo, si soy quién soy, es por momentos como todas aquellas Navidades... Y hoy por hoy, que es cuando más estás luchando, que es cuando más nos estás enseñando que lo importante es seguir, a pesar de que no sea fácil, es cuando más te lo agradezco.
Porque se puede luchar... y hay que hacerlo.
lunes, 20 de octubre de 2014
Necio...
Necio.
Descontrolado e inconsciente.
Sentimiento que en ardor todo lo quemas;
fuego en llamas que más que quemar, envenenas.
Necio.
Excedido, intrépido, osado.
Llegas a mi piel sin ser llamado,
y te marchas... mas ya vives en mis venas.
Necio.
Droga del poeta enamorado,
emoción del sentir enajenado,
sensación que eclipsa todo cuando llega.
Necia es la razón, y nos abandona,
pues juramos no volver jamás a ti.
Y caemos nuevamente entre tus redes,
sentimiento que das vida al revivir.martes, 14 de octubre de 2014
El amor es mortal
Hace unos días, hablaba con alguien acerca de las
cosas lógicas y obvias de la vida. Aquellas para las cuales no cabe discusión
posible, y a modo de ejemplo, me preguntó cuál era la clave del éxito en las
relaciones.
La persona con quien hablaba se adelantó a mi
respuesta y puso en mi boca una conclusión que podría parecer evidente:
"El amor, ¿o no?"
Respondí por mí misma: "No."
A sabiendas de que soy lo que podría considerarse una
romántica, su cara reflejó sorpresa de inmediato.
"¿Ah, no? Y entonces ¿cuál es la clave? Sin
amor no hay relación que dure en el tiempo..."
"Las hay."
Y "son
las que". ¿Las que? Sí. Son las que duran. Son las que, realmente, tienen posibilidad
de éxito. Las que no lo tienen, son aquellas que fueron fruto de la mentira más
difundida: el amor, dura.
El amor, no puede durar. Me refiero a ese amor del
que escribimos los escritores. Al amor de los poetas, de las canciones. Al amor
endulzado de las películas de Hollywood, y de las obras dramáticas. Ninguna
novela, poema, canción, película u obra dura toda la vida. Son finitas, por eso
en ellas tiene sentido. No lo tiene en la vida real.
Nos han aleccionado desde pequeños, nos han hecho
creer que los flechazos existen... y que duran. Y que eso, se llama amor y es
la clave del éxito en una relación. Discrepo.
Cuando "nos enamoramos" nuestro cuerpo
deja de encontrarse en los niveles que podríamos considerar normales. Todo se
dispara. Hormonas, reacciones químicas y conexiones neuronales. Físicamente, es
imposible mantener esos niveles en el tiempo, sin morir... Pero más allá de las
cuestiones meramente biológicas que rigen "el amor", cuando nos
enamoramos creemos ilusamente que estaremos por siempre exentos de monotonía,
frustración, decepción y enfriamiento. Nadie lo está.
Y es que para "el éxito de las
relaciones", el amor no es suficiente. Si cuando ese amor se normalice no
hay nada más, todo estará perdido. La relación habrá muerto.
John Gray, un autor especializado en relaciones y
patrones de conducta de hombres y mujeres lo define así en una de sus obras:
"el amor no hace de una persona tu alma gemela. La persona con la que
podrás tener éxito es aquella que logre despertar en ti lo mejor de ti
mism@".
La clave no es el amor romántico: es el amor propio.
Podremos amar a muchas personas a lo largo de la
vida pero pocas (muy pocas) serán las que hagan que nos amemos más a nosotros
mismos. Cuando alguien logra que te enamores de ti, has encontrado la fuerza
para que haya éxito.
Porque ese amor no es hormonal. No es cerebral. No
es químico. Es intrínseco en la propia persona. Y no muere jamás.
Sí, soy escritora y por
ende, romántica. Pero también soy científica y por ende, realista. Por eso, al
aunar ambos perfiles, me resulta posible creer solo en un amor que supere la
ciencia... y la poesía.
jueves, 9 de octubre de 2014
500 días... o ninguno.
Hace unos meses alguien a quien cinematográficamente admiro mucho, me recomendó una película. "500 días juntos". La típica comedia romántica donde chico conoce a chica y comienzan una historia de amor... y desamor. La película en sí, no estaba mal. Divertida. Simpática.
Quien me la recomendó lo hizo con el propósito de que la valorara desde un punto de vista técnico. Que analizara su fotografía, su iluminación, sus encuadres. Intenté hacerlo... también.
Repito que el guión no era de lo más novedoso y el final tampoco me acabó de convencer, pero hubo un detalle en esa película que sí me gustó, y mucho, y que, váyase a saber por qué, hoy me viene en mente para una nueva entrada bloguera...
Durante la película, su protagonista masculino rememora y recuerda los momentos vividos con "su chica". Las escenas "recordadas" son siempre las mismas. Y son siempre diferentes.
Depende de él mismo y de cómo se encuentra, halla en sus recuerdos detalles edulcoradamente románticos o, por el contrario, indicios de desapego y de distancia emocional. La escena que "recuerda" es la misma. Es solo su atención la que cambia. Depende tan solo de qué es lo que él quiere ver en esa escena. Y eso, es lo que ve.
Hacemos eso constantemente, en todo. Somos unos nefastos observadores, incapaces de alcanzar la imparcialidad más básica. Distorsionamos la realidad para el lado que más se aproxime a cómo estamos nosotros. Y eso, es lo más triste: ni siquiera somos capaces de llevárnosla a el punto de vista que más nos convenga, para ver aquello de lo que más podamos aprender, o lo que nos haga sentirnos lo mejor posible, en cada caso. No. Sencillamente, nos dejamos arrastrar por nuestro vaivén, y con él, arrastramos las mismas "escenas reales".
Todo depende del cristal con que miramos. Todo depende de las gafas que llevemos puestas, siempre y en cada momento.
Recomiendo la peli, por qué no, pero sobre todo, recomendaría que dejáramos de creer que hay 500 días... o ninguno.
Por cierto... al final, el protagonista logra darse cuenta de cómo era cada escena. De verdad. ;)
"La realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen
de engañarse nuestros sentidos."
Albert Einstein
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




